Enredaderas que me arropan crecen vertiginosas bajo el riego de mi mirada apesumbrada.
Me pierdo
en el manto agobiante de la angustia.
Infinitas
olas impías me estremecen, me atraviesan y me oprimen con ira despiadada.
Soy yo quien mueve los hilos.
Me rindo
ante la desazón de esta abrumante pena.
Mi corazón anhela
un descanso perpetuo.
Pesadillas incesantes
de un dolor que cual fuego me quema.
Soy el antifaz
que obstaculiza la luz a mis ojos.
Nado perenne
en un mar de incredulidad.
Experta como
siempre en seguir avanzando aunque punce hondo.
La ceguera
voluntaria agudiza la sensibilidad.
Rayos cálidos
en mi piel envalentonan mi deseo de descubrir.
Un inaudito
temor inquieto pierde ante una certeza tranquila.
Sin vacilar
dejo caer el antifaz.
Rayos rojizos
incineran la tristeza mientras llenan mis pupilas.
Sentimiento
familiar que ilumina voraz cada rincón en tinieblas.
Ojos
profundos que me invitan a mirar sin cesar.
Voz de
terciopelo que llena el mar de certeza.
Brazos
infinitos que me arrastran a una isla de paz.
El miedo
acecha en los matorrales, malicioso.
Las nubes
huyen despavoridas.
Las enredaderas
engalanan cada paso cual alfombra.
En la marea
ahora mansa, se hunden las pesadillas, vencidas.
Sigo siendo
yo quien maneja los hilos.
Quizás sea
hora de saltar.